Desde mediados de los años setenta, la tensión entre las superpotencias aumentó debido a las políticas implementadas por sus líderes, los debates sobre el lanzamiento de nuevos misiles en Europa occidental y, especialmente, a la serie de rebeliones que afectaron al tercer Mundo. Esto empeoró el clima de distensión entre ambos lados, los intereses de las dos potencias dictaron la interpretación de estos conflictos con raíces históricas propias y los convirtieron en guerras, los más importantes ocurrieron en el Cuerno de África como resultado del derrocamiento de la monarquía dictatorial en Etiopía, en el sur de África como resultado de la liberación de las colonias portuguesas y en el suroeste de Asia como resultado de la revolución musulmana del ayatollah Ruholláh Jomeini en Irán y la invasión de Afganistán por parte de la URSS. Hablando de Centroamérica, se produjeron varias transformaciones que desafiaron esa creencia: la expansión del movimiento guerrillero en dos países: El Salvador y Guatemala, la presencia de Omar Torrijos en Panamá y el éxito de la revolución sandinista en 1979. La ola de revoluciones levantó dudas acerca del sistema existente en varias naciones, aunque no incluyó un cambio revolucionario generalizado hacia el comunismo. Los movimientos en conflicto manifestaron su desacuerdo de gobiernos dictatoriales, como los grupos guerrilleros en América Central, o su deseo de acabar con la dominación colonial aún en curso, como en el caso del imperio portugués en África.
Durante el período de inestabilidad política y conflictos armados en el Tercer Mundo, los centros capitalistas más grandes retrocedían en su época de crecimiento constante para estancarse y pasar por una etapa de cambios bruscos en el ciclo económico. Además, los índices más importantes indicaban que Estados Unidos ya no era una potencia hegemónica indiscutible. Mientras tanto, Moscú estaba retrocediendo rápidamente en comparación con las naciones capitalistas, ya que, aunque podía producir grandes cantidades de acero, no tenía las condiciones para avanzar en el avance de la informática. Cada vez era más difícil impulsar el progreso científico y tecnológico debido a la economía central planificada y burocrática.
El pasaje de la distensión hacia la "Segunda Guerra Fría" fue principalmente el resultado de los diagnósticos y las líneas de acción adoptadas por las dirigencias de cada superpotencia frente a estos desafíos. En Moscú, con el aumento de los ingresos de divisas provenientes de la venta de petróleo, se decidió a tomar un papel importante en el ámbito global mediante la expansión de su ámbito de influencia. La gerontocracia soviética liderada por Leonid Brehznev tenía ambiciones desmesuradas, lo que llevó a la intervención en áreas que hasta entonces se habían mantenido al margen, como África, y a un esfuerzo militar que superaba las posibilidades de una economía cada vez menos eficiente. En Washington, los neoconservadores que obtuvieron apoyo en el gobierno de Reagan se enfocaron en superar el síndrome de Vietnam y recuperar la hegemonía de Estados Unidos mediante la construcción de un complejo militar fuerte y sofisticado utilizando la ciencia y la tecnología, con la convicción de que su nación tenía la sagrada tarea de proteger e imponer la democracia y la libertad en todo el mundo contra el enemigo comunista.
El gobierno de Estados Unidos optó por llevar a cabo la guerra a través de agentes interpuestos, como el financiamiento de los contras en Nicaragua o el de los muyahidin en Afganistán. Además, optó por ataques simbólicos como la invasión de Granada en 1983, en los que su maquinaria bélica de alta tecnología le brindaba una ventaja total. El plan neoconservador incluyó un aumento en el intercambio de armamento con la Unión Soviética que superó las posibilidades de esta nación. En marzo de 1983, Reagan presentó ante millones de espectadores su plan para militarizar el espacio, con el objetivo de transformar la historia de la humanidad. La guerra de las galaxias, también conocida como la Iniciativa de Defensa Estratégica, consistía en un paraguas de armas espaciales que protegía contra los misiles intercontinentales soviéticos antes de que llegaran al territorio estadounidense. Sus diseñadores cambiarían el concepto de "destrucción mutua asegurada" por el de "supervivencia mutua asegurada".
En África, el continente que había quedado al margen de la reconocida esfera de influencia soviética, se produjo uno de los giros más novedosos en las relaciones entre las dos superpotencias. El avance de Moscú se sustentó principalmente en tres conflictos: la crisis en el Cuerno de África; la descolonización del África portuguesa y, en conexión con este proceso, la guerra de liberación en el África meridional liderada por las mayorías negras en contra del dominio blanco.
Etiopía fue afectada por los intereses soviéticos después de que los militares destituyeran al emperador Haile Selassie en 1974 y establecieran un régimen marxista. La región experimentó un impacto significativo como resultado de la ayuda de Moscú al nuevo gobierno militar: Somalia perdió el apoyo soviético y el gobierno etíope rechazó con armas tanto las demandas de independencia de Eritrea como los reclamos de Somalia sobre la región de Ogaden. Desde la década de 1950, en el imperio portugués había movimientos guerrilleros que recibían ayuda militar de Moscú. En algunos casos, estos movimientos incluían el Frente de Liberación de Mozambique, el Movimiento Popular de Liberación de Angola y el Partido Africano para la Independencia de Guinea y Cabo Verde. La Revolución de los Claveles en 1974 derrocó la dictadura en Portugal, lo que aceleró el proceso de independencia y permitió que los grupos apoyados por los soviéticos tomaran el poder.
El cinturón de seguridad que rodea a Sudáfrica ha perdido su protección. Las fuerzas anticomunistas buscaron apoyo en el régimen racista de Sudáfrica y en los Estados Unidos, quienes apoyaron a la Unita en Angola y a grupos de la oposición en Mozambique. La guerra armada continuó afectando a ambos países: en Mozambique continuó hasta principios de los años noventa y en Angola hasta el año 2002.
En 1979, Irán y Afganistán, dos países del suroeste de Asia, experimentaron cambios drásticos debido a crisis internas que se combinaron con la presencia de un mundo bipolar y las intensas rivalidades y tensiones en el mundo musulmán. La revolución iraní que derrocó la monarquía en febrero y la intervención armada de los soviéticos en Afganistán en diciembre, no solo empeoraron el clima de Guerra Fría, sino que también tuvieron consecuencias de largo plazo en el mundo musulmán y en las relaciones internacionales.
En Irán, la República Islámica se estableció tras la caída del sha Reza Pahlevi, quien era un firme aliado de Estados Unidos. El régimen, liderado por Jomeini, declaró enemigos tanto a Occidente como al comunismo. Para enfrentar a los "poderes impíos extranjeros" y a los gobiernos musulmanes conservadores, especialmente el de Arabia Saudita, la revolución iraní estableció una estrecha relación entre política y religión.
La región se vio desestabilizada por la presencia del régimen chiíta, lo que llevó a un fuerte cuestionamiento al predominio de Estados Unidos. A finales de 1979, en medio de conflictos internos, el grupo más extremista de la coalición revolucionaria iraní tomó la embajada de Estados Unidos en Teherán y tomó como rehenes a todos sus ocupantes, sin que el gobierno de Estados Unidos pudiera hacer nada.
La invasión de Afganistán por parte de la Unión Soviética permitió que las tensiones y rivalidades que habían surgido de la revolución iraní se combinaran de manera explosiva con el recrudecimiento de la Guerra Fría. En medio de las tensiones entre las distintas facciones comunistas afganas, que también se enfrentaban con guerrillas islámicas, Moscú intentó establecer un gobierno que asegurara la paz y mantuviera al país bajo la influencia soviética. El temor en el Kremlin era que la revolución iraní pudiera propagarse a Afganistán e incluso tener un impacto en la población soviética de Asia Central, que era mayoritariamente musulmana. La respuesta de Occidente fue inmediata. EEUU y sus aliados prepararon rápidamente la contraofensiva al considerar que la ocupación extendía la influencia soviética más allá de su ámbito habitual.
La invasión soviética fue condenada por la ONU y los No Alineados. Aparte del embargo comercial, la Casa Blanca respaldó a la guerrilla islámica que luchaba contra las fuerzas soviéticas. La CIA, el ISI y Arabia Saudita trabajaron juntos para entrenar a los muyahidin afganos en bases paquistaníes. Osama Bin Laden, quien pertenecía a una familia saudita influyente y cercana a la monarquía, estaba a cargo de organizar el reclutamiento de voluntarios islámicos para combatir en Afganistán en ese momento.
Para un sector de los gobiernos musulmanes, la acción armada contra los "impíos" que habían invadido el territorio islámico se presentaba como una vía radicalizada capaz de competir con el llamado a la revolución desde Irán. Arabia Saudita y las monarquías del Golfo acordaron colaborar con unos aliados impredecibles: los muyahidin afganos y los defensores de la yihad militar. Si bien el objetivo principal era luchar contra los soviéticos, los yihadistas sirvieron a los intereses de Estados Unidos y Arabia Saudita. No obstante, la insurrección en Afganistán desarrolló una lógica propia y en la década de los noventa se enfrentaría a los dos países que la habían respaldado.

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